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lunes, 12 de abril de 2010


LA CASA DE ADOBE

No resistiò la sacudida que al amanecer dio la tierra. Esta se quiso quitar de encima todo aquel oprobio que los seres humanos le iban cargando sin consideraciones de ninguna clase. Tomaban de su interior todo lo que podían y lo transformaban en pertenencias a las que iban dàndole valores inimaginables, o mejor dicho, absurdos. Preferían de sus entrañas el oro al agua fresca, o metales que podrian incluso hacerla a ella añicos en un breve tiempo a los prados verdes llenos de vidas animales a cuales màs insòlitas. Y como no provocar su còlera aquellos inmensos taladros que la perforaban con saña buscando en su profundo intestino aquel lìquido pegajoso, maloliente y asfixiante, que se habìa convertido en la mejor excusa para acabar con ella en unos cientos de años, que eran nada comparado con los millones de años que ella llevaba dentro del sistema solar formando esos rios de liquido negro que la sostenìan equilibrada en su reloj universal dando vueltas alrededor del sol.

Esa mañana, harta de la necesedad y ambisiòn de esos desconsiderados humanos, decidiò enviar una señal de su gran enojo. No encontraba cual parte de su cuerpo sacudir, porque donde quiera que fuera, habrìan muchos que, pensàndolo bien, no eran tan inocentes como se decìa. Porque su hambre la fueron saciando cortando uno a uno los àrboles que ella necesitaba para generar oxìgeno. Quemaban los campos con todo lo que en ellos vivìa para sembrar su alimento bàsico, olvidados de que todo es un sistema armònico y entrelazado en el ciclo de la vida. Podrian estar excentos de su delito por que al fin y al cabo si no lo cometìan, igualmente morirían de hambre. Pero solo estaban difiriendo su muerte. Sus hijos padecerìan las màs crueles sequìas que ellos no conocieron y que si provocaron. No habia soluciòn. Tenìa que enviar su voz de alerta y tenìa el tiempo contado. De lo contrario, ellos acabarìan antes con ella: suicidio total. Para salvarse y salvarlos tenìa un plan. Irìa enviàndoles señales en dosis suficientes para que la escucharan y ¡ojalà¡ actuaran en consecuencia.

Asì que escogiò aquel lugar para enviar su queja. Sabìa que un pequeño estiròn de brazos en ese punto removería grandes extensiones y que en ellas se derrumbarían casas, edificios, puentes; se resquebrajarían sus calles; se formarìan una olas de agua tan inmensas que arrasarìan poblados enteros; la peste no daria tregua para la sepultura individual bajo ningùn ceremonial. Sabìa eso y mucho màs… En ella la sabidurìa es absoluta.
Entonces tomò la decisiòn final. Un estiròn, un suspiro profundo y luego la quietud. Sabìa que sus mùsculos se quedan oscilando a ciertas frecuencias cuando ella se mueve a una fuerza superior a la que la mantiene estable. Pero no habia otra forma. Mejor dicho, si la hay pero siempre que la piensa prefiere esta pequeña instancia. La otra es su propio final. No es suicida, se dice siempre.

Se removiò de su lecho unos segundos, con fuerza, con rabia, pero pensando que si eran tan inteligentes como pregonaban, aprenderìan a escucharla.

La vieja casa de adobe de mi infancia se desplomò. Una nube de polvo invadió todo. Los segundos parecieron horas. Cuando cesò la sacudida la vida de abuela se habia ido. Supe màs tarde que acompañò en su viaje a casi todo el resto del pueblo. Los pocos que sobrevivimos no pudimos enterrarlos ni rezarles ni nada. Una gran fosa recogiò a todos y fueron a rendir su tributo a la madre tierra.

Doris Strems